Crecí en una casa hecha a pulmón por mi papá. Preciosa, realmente.
Cada detalle era único. Con el tiempo me di cuenta.
Así y todo, de pequeña, no entendía porque el suelo del comedor tenía partes rotas y debajo de la mesa del comedor una alfombra de sisal que topaba partes más rotas aún. El piso era un conjunto de muuuuuchos cuadraditos que formaban dibujos preciosos que te transportaban.
Con el tiempo crecí y me enteré que esos mosaicos eran italianos y los había comprado mi papá, en remates, provesientes de la época en que la avenida 9 de julio se ensanchó y se demolieron palacetes situados en la misma.
Cada vez que entro a la Catedral de Buenos Aires me siento en el comedor de casa. Es inevitable.
Habrán venido en el mismo barco?
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